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Terapias combinadas para una Vida Plena
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Vivimos en una sociedad que nos impulsa a dar siempre más, a estar disponibles y cumplir expectativas. Decir «no» despierta culpa porque muchas veces aprendimos de niños que negar algo podía poner en riesgo el amor o la aprobación de quienes nos cuidaban. Pero poner límites no es egoísmo: es autonomía, cuidado personal y una forma de proteger nuestra integridad.


Es importante diferenciar un límite de un ataque. Un límite habla de ti: comunica tus necesidades, se sostiene desde la calma y protege tu espacio. Un ataque habla del otro: acusa, evalúa, busca efecto y surge desde la activación. Por ejemplo, decir «No puedo continuar esta conversación en este momento. Hablemos cuando ambos estemos tranquilos» no es un ataque; es información sobre ti, un acto de cuidado que protege tu espacio sin culpar ni controlar al otro. Otros ejemplos de límites claros podrían ser: «No puedo asumir eso por ti; necesito ocuparme de mis responsabilidades primero» (familia o amigos) o «No puedo atender esa solicitud hoy; la puedo revisar mañana a primera hora» (trabajo). Todos comunican necesidades y límites con firmeza y respeto.


En la infancia, si los límites se vivían con enfado, imposición o retirada afectiva, nuestro sistema aprendió que decir «no» era peligroso. Callar se asociaba con amar, adaptarse con sobrevivir y negarnos con perder el vínculo. Por eso hoy, aunque seamos adultos, nuestro cuerpo puede reaccionar como si poner un límite fuera agresivo o implicara dejar de amar. Pero eso no refleja la realidad presente: es una memoria relacional que se activa automáticamente.


La culpa puede enseñarnos mucho. Preguntarnos de dónde proviene esa voz interior, hasta qué punto refleja mandatos heredados y qué queremos para nuestra vida nos permite transformar la culpa en claridad, conciencia y autonomía. Preguntas como «¿qué me hace bien realmente?» o «¿es amor permitir que alguien cruce mi límite o miedo disfrazado de bondad?» nos ayudan a reconocer nuestros deseos y necesidades sin juzgarnos.


Cada límite afirmado es un acto de identidad. No es dejar de amar; es dejar de abandonarte. Cada «no» que pronunciamos es un «sí» a nosotros mismos, un gesto de respeto hacia nuestra vida y una invitación a que los demás respeten nuestro espacio. Poner límites implica conocernos, identificar qué situaciones nos desgastan, qué necesitamos y qué valores queremos proteger. Expresarlos con claridad y sin culpa fortalece nuestra autoestima y nos permite habitar la vida con integridad y libertad.


Decir «no» no cierra puertas a los demás, sino que abre la puerta a relaciones más auténticas y al encuentro con nuestra propia vida. Cada límite que ponemos desde la conciencia y el cuidado nos acerca a la vida que realmente deseamos vivir, respetando nuestra historia, nuestra identidad y nuestras necesidades, aun cuando incomode a quienes nos rodean.



Aprende a poner límites sin culpa
Aprende a poner límites sin culpa

Este texto no se ajusta a la corrección política, porque la persona que lo firma no cree que tal cosa sea posible. Por eso, lo diré más claramente: a la mierda la corrección política, e incluso lo que entendemos por política, ese circo parlamentario donde la única preocupación es el reparto del poder, el mamoneo y los titulares de la prensa mediatizada y maniatada.

Un hombre abatido en el sofá, junto a unos medicamentos
Contra el psicologismo, a favor del paciente

Este texto va sobre psicologismo. ¿Qué es eso? La tendencia a atribuir a razones psicológicas y subjetivas asuntos que exceden ese marco. Más allá del caso por caso, que sigue siendo un referente en nuestra labor como psicoterapeutas, es indispensable, fundamental y necesario un marco referencial a la hora de pensar los malestares y sufrimientos de las personas que nos consultan. Estar contra el psicologismo es actuar a favor del paciente. Voy a poner algunos ejemplos posibles.

Un chico de 23 años, que acaba de terminar sus estudios universitarios, encuentra un empleo como aprendiz en una tienda de una multinacional de ropa. Consulta por ansiedad. Después de algunas entrevistas, sus condiciones laborales (horario, tareas, salario) se revelan como propias de un sistema explotador (que es, por otra parte, al que se ve sometida la mayoría aplastante de la humanidad). ¿Cómo no va a sufrir ansiedad, si lo tratan casi como si fuera un esclavo? Lo más normal es que quiera descargar su impotencia, su frustración y su rabia contra cualquiera, contra lo que sea. Sin embargo, en un mundo políticamente correcto semejante reacción está sancionada como improcedente, como si no estuviera ajustada a fines. Falso: nuestro chico de 23, en otro momento histórico, habría tenido otra escucha por parte de sus compañeros, de sus amigos, acaso también de sus familiares, lo habrían animado a la protesta, a la lucha, a la reivindicación; es decir, a viabilizar caminos por los que descargar una parte de la hostilidad acumulada.

Una persona de 35 consulta porque acaba de comenzar una convivencia con su pareja, después de un par de años de relación, y algo va rematadamente mal. El problema es que su pareja, única hija de la unión de sus padres, no parece dispuesta a hacerse cargo de las tareas domésticas. ¿Se lo ha planteado? No. ¿Por qué? Porque teme que se moleste y quiera romper el vínculo. La expectativa de abandono es fruto de la propia manera en que nuestra persona de 35 fue criada, pero ¿no hay nada ambiental incidiendo en esos miedos? ¿O es que vivimos en la mejor de las sociedades posibles? ¿Es nuestra sociedad un marco donde existen el apoyo mutuo, el cuidado de las otras personas, la solidaridad, la cooperación, la sana y atenta preocupación por el bienestar de todas? Las respuestas son negativas, claro. Vivimos un momento histórico de la cultura donde el individualismo y su correlato psicológico, el narcisismo, se aplauden como valores a fomentar. Nuestra paciente de 35, cuando le plantea un reparto equitativo de tareas domésticas a su pareja, recibe por respuesta una mirada fija a la pantalla de su teléfono móvil: un signo de los tiempos.

La casuística podría continuar, con ejemplos de personas deprimidas, hipocondríacas, obsesivas, fóbicas… todas ellas víctimas, sí, claro, de sus historias particulares, pero también y sobre todo, rehenes de un modo de vida que exige todo a cambio de poco, con contratos leoninos que apenas dan como retribución unas migajas para pagar el alquiler ya no de un apartamento, sino de apenas una habitación. A eso le llamamos vida. Si esto es lo que propone el sistema, identificarse como antisistema no es una opción, sino ya un deber ético y moral. Y quebrarse, sufrir, sentirse mal como consecuencia de todo ello es la consecuencia lógica, no una enfermedad que estigmatice a quien padece tal depauperación. La respuesta frente a lo que nos quiere aplastar, a veces, no puede ser otra que sucumbir. Y luego, claro, está la propia neurosis, que aporta lo suyo.

De este lado del diván, escuchamos con el marco de referencia que acabamos de describir. En ese marco, y nunca por fuera de él, se desarrollan los malestares neuróticos. Es fundamental tenerlo presente. No hacerlo nos conduciría al psicologismo, y bastante castigadas vienen ya quienes piden nuestra ayuda como para, encima, cargarles ese otro muerto a las espaldas.


[Actualizado el 11/10/2023]

El artículo que leerás aquí aporta datos recientes sobre la situación de las trabajadoras en Catalunya en relación a la salud mental y su ocultamiento en el ámbito laboral, justamente de donde se derivan la mayoría de los malestares.

Las relaciones entre la psicoterapia y el zen vienen de muy antiguo. Hay quienes consideran que la doctrina dictada por el Buda histórico, Siddharta Gautama, supone ya en sí el corpus de una psicoterapia. Sin entrar en razonamientos que pretendan afirmar o cuestionar dicha afirmación, sí puede resultar fructífero establecer consonancias y diferencias entre dos prácticas que, apreciadas en detalle, presentan muchas resonancias en sus propuestas sanadoras.

La psicoterapia y el zen son como un par de hermanos, pero que han decidido coexistir a una cierta distancia.

En la psicoterapia es el terapeuta quien se encarga de desarrollar una relación entre dos, el profesional y la persona que consulta. De dicha relación terapéutica dependerá en gran medida el avance o no del proceso terapéutico.

En el zen, en cambio, la práctica se realiza en silencio. Y se trata de una práctica personal, individual mientras acontece, y por tanto, como experiencia personal en sí, resulta intransferible. En el zen, la palabra sigue a la práctica, y nunca ocurre al revés.


Manos juntas de Buda, meditación, serenidad
Psicoterapia y zen, hermanos a la distancia

El agente de cambio en la psicoterapia es el terapeuta, quien se encarga de interpretar, de descifrar el relato de la persona consultante, en especial de sus decires inconscientes, aquello que siempre se desliza en el discurso, pero también aquello que se silencia como resistencia.

El zen propone que sea el cuerpo ese agente de cambio. El practicante zen pone en juego su cuerpo, y es a través de ese cuerpo que molesta, que duele, que interpela, que se indaga, se investiga y se averigua qué está aconteciendo en el momento mismo de la práctica. Ese cuerpo que interviene al principio como obstáculo, lenta y progresivamente se irá serenando, se expandirá, hasta convertirse en un aliado para la práctica.


¿Quién dirige la terapia en el zen y en la consulta del psi? En este último caso, la dirección de la cura reposa en la figura del psicoterapeuta. En el zen, sin embargo, queda claro en una sentencia de Dogen Zenji: «Zazen es el maestro». Dicho de otro modo: no hay más maestro que el propio practicante en su encuentro con la postura y la respiración. La dirección en el zen consiste, casi exclusivamente, en hacer posibles las condiciones para que acontezca la práctica. Lo que sigue es puro devenir.

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