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Terapias combinadas para una Vida Plena
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La infancia no se guarda en un álbum ni se archiva en un cajón del tiempo. Permanece.


A veces de forma discreta, casi imperceptible. Otras, haciéndose notar en aquello que nos cuesta entender de nosotras mismas: cómo amamos, qué esperamos, qué evitamos, de qué nos defendemos. No siempre sabemos de dónde viene lo que nos pasa, pero muchas veces tiene raíces tempranas.


Reconocer las huellas de la infancia no implica quedarse atrapada en el pasado. Más bien tiene que ver con empezar a escuchar algo que, de algún modo, sigue presente. Algo que insiste, aunque no siempre tenga palabras.


Creemos haber dejado atrás ciertas escenas. Sin embargo, cuando no han podido ser elaboradas, tienden a reaparecer.


No lo hacen como recuerdos nítidos, sino como sensaciones, reacciones o modos de estar en el mundo: inseguridad, angustia, dificultad en los vínculos, miedo a depender o a necesitar.


A veces se sienten como ecos. O como algo que se activa sin previo aviso. Y quizás ahí haya una invitación —no siempre fácil— a mirar la propia historia con un poco más de atención, y también con algo de compasión.


Ecos de la infancia en la adultez

En la consulta, con distintas historias, suele repetirse algo en común: aquello que no pudo ser elaborado en su momento encuentra otras formas de expresarse más adelante. A veces como síntoma. Otras como repetición. Otras como un malestar difícil de entender. O como una sensación difícil de nombrar.


Algunos ejemplos (con nombres ficticios, inspirados en la consulta):


  • Marta: De niña asumió un rol materno con sus hermanas. Aprendió a sostener, a anticiparse, a no fallar. Hoy le cuesta pedir ayuda. Algo en ella sigue funcionando bajo la idea de que debe poder con todo.

  • Marc: Creció sin apenas reconocimiento. Con el tiempo, esa falta se transformó en una exigencia interna constante. Nada parece suficiente, y el descanso se vuelve difícil.

  • María: Vivió entre silencios y secretos. Hoy le cuesta confiar y poner en palabras lo que siente. Como si decirlo implicara un riesgo.

  • Sara: Fue muy protegida, pero con poco espacio para explorar. Ahora, frente a lo nuevo, aparece la duda, la inseguridad, la sensación de no poder sola.

  • Carlos: En su entorno no había lugar para la expresión emocional. Aprendió a desconectarse. Hoy le cuesta implicarse en los vínculos y sostener la cercanía.

  • Mireia: Su espontaneidad fue ridiculizada. Con el tiempo, esa vivencia dejó una marca: el temor a exponerse, a ser juzgada, a no ser aceptada.


Cada historia tiene su singularidad, pero muchas veces hay algo que se repite: formas de estar que en su momento fueron necesarias, y que hoy, sin embargo, pueden generar malestar.


Ponerlas en palabras no las borra, pero puede empezar a abrir un margen de movimiento.


La infancia como escenario psíquico

Freud decía que el niño es «padre del adulto». Lo vivido en los primeros años no se guarda como una fotografía, sino como escenas cargadas de afecto: gestos, miradas, silencios, palabras no dichas. Un «sí puedes» posibilita sembrar confianza; un gesto de indiferencia repetido puede abrir vacíos que, años después, intentamos llenar con logros, relaciones o síntomas.


Estos ecos nos recuerdan que nuestra manera de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas tiene raíces profundas. Reconocerlos implica mirar la historia propia con atención, compasión y honestidad. Sólo así podemos liberar lo que nos limita y abrazar lo que nos nutre.


La posibilidad de transformar

Las huellas de la infancia son importantes, pero no son un destino cerrado.


Ser adulto implica, en parte, poder hacerse responsable de la propia historia. No para juzgarla, ni para explicarlo todo, sino para ir encontrando otras maneras de responder.


A veces no basta con comprender. Hay cosas que solo pueden elaborarse en relación con otro.


En un espacio terapéutico, por ejemplo, algunas de estas experiencias empiezan a encontrar sentido.


No se trata de borrar lo vivido. Sino de darle un lugar distinto.


Quizás la infancia no se vaya del todo. Pero algo en nosotras sí puede empezar a responder de otra manera.


Y en ese pequeño desplazamiento, a veces, se abre la posibilidad de una vida más propia.


Acompañar ese proceso, cuando se vuelve difícil hacerlo a solas, también forma parte del trabajo terapéutico.



Las huellas invisibles de la infancia
Las huellas invisibles de la infancia

La costumbre tiene ya unos cuantos años, tal vez más de una década. Una mujer heterosexual queda encinta, y su pareja, un hombre heterosexual, proclama: «Estamos embarazados». Ella misma, la embarazada, hace suyo el plural y lo va repitiendo por ahí, ante sus familiares, amigas y conocidas. Pero, niñas, niños y niñes, tomad nota: los únicos seres humanos que pueden quedar embarazadas son las hembras, que también son quienes paren a sus crías.


Decir «estamos embarazados», cuando sólo un miembro de la pareja tiene esa capacidad, no es una moda, una frase al pasar, un asunto menor o, como podría pensarse con la lectura de este artículo, una frivolidad de la que no es necesario hacerse cargo. La frasecita, si la analizamos, encierra toda una carga milenaria de hegemonía heteropatriarcal. «A usted se le va la pinza», escucho a una lectora que me interpela. No, le respondo a esa persona, no me he vuelto loco ni exagero un ápice.


El asunto volvió a asaltarme porque, hace cuatro días, una mujer hetero cis a quien atiendo en la consulta soltó el ya célebre «estamos embarazados». La hice volver sobre la frase, que de no haber sido así se habría deslizado quietamente hacia el olvido, y se defendió alegando que fue la médica que la atendió quien utilizó ese modo, que embarazaba también al marido de la paciente. Pero da igual quién lo diga, sea médica, paciente, bombera, primera ministra o astronauta: el asunto no pasa por el emisor, sino por las connotaciones que conlleva. Dicho de otro modo: porque están en juego, una vez más, relaciones de poder.


Si las mujeres son las únicas capaces de quedarse embarazadas y, por tanto, de parir a sus hijas e hijos, ¿qué pintan en ello los hombres, como para atribuirse una distinción semejante que les es totalmente ajena? Pintan, queridas niñas, niños y niñes, lo que han venido pintando desde el origen de los tiempos, o sea, la apropiación indebida de algo que no les pertenece. El expolio milenario que han padecido y aún hoy padecen millones de mujeres en todo el planeta no debe ser permitido ni un día más. Y esto pasa, obviamente, por los hechos, pero también por el uso de las palabras que empleamos para nombrar la realidad.


Resulta que me quedo embarazada, que tendré que vérmelas con la angustia de no saber cómo marchará la gestación, que deberé aguantar como puedas las náuseas, los vómitos, la hinchazón de mis pies, la incomodidad para dormir cuando mi panza crezca más y más, las constantes ganas de mear porque la presión del feto sobre la vejiga produce que vaya una y otra vez al lavabo, tal vez el estreñimiento que muchas veces acarrea el embarazo, la pesadez de mi cuerpo entero, las contracciones y otra vez la angustia, ahora ante el parto, el trabajo en el paritorio, tal vez una cirugía cesárea y, por fin, después de mucho esfuerzo y tanto tiempo, ver nacer a mi criatura… para que venga el padre a decirme, a decirle al mundo, que la mitad de todo eso es suyo porque el también estaba embarazado.


Como dijo Freud hace un siglo, se empieza por renunciar al nombre de la cosa y se acaba por ver cerrado el acceso a la cosa misma.


Un hombre abraza a una mujer embarazada
«Estamos embarazados»

«En el mundo de los caminos la belleza es ininterrumpida y constantemente cambiante; y a cada paso nos dice: ¡detente!», Milan Kundera


En nuestra sociedad acelerada, cada vez más personas caminan con prisas, perdidas, ansiosas y sobrecargadas de problemas que ellas mismas generan. Su andar refleja desconexión: tanto consigo mismas como con el mundo que las rodea. Los valores culturales actuales promueven esta desconexión, empujándonos a dejar de observar y disfrutar las sutilezas que nos rodean.



El simple acto de caminar consciente

Contemplar la vida mientras caminamos parece sencillo, pero en la práctica rara vez estamos presentes en cada paso. A menudo caminamos con un objetivo que nos distrae de la calma y nos aleja de la experiencia pura del movimiento.


Cada persona posee un andar único y original, pero el ritmo de vida moderno lo ahoga. Hoy vemos personas con pasos rígidos, inseguros o distraídos, sumergidas en pensamientos improductivos o absortas en sus móviles. Esta desconexión dificulta disfrutar del andar contemplativo y del conocimiento que emerge de la simplicidad de caminar con atención.


Nos surgen preguntas inevitables:

  • ¿Hacia dónde vamos con tanta prisa?

  • ¿Somos capaces de permanecer en silencio y observar nuestro entorno?

  • ¿Caminar debe ser siempre un medio para alcanzar un fin?

  • ¿Estamos dispuestos a cultivar un caminar más consciente, saludable y responsable?



El poder de caminar con conciencia

Incluso en medio de la prisa, la incertidumbre y el ruido constante, es posible reconectar con uno mismo. Caminar conscientemente nos permite reinterpretar la existencia más allá de las dificultades cotidianas. Frente a la dicotomía entre escapar de nuestra voz interior o iniciar un camino de renovación, el simple acto de caminar nos ofrece una respuesta: presencia, ligereza, apertura y conexión con el momento presente.


Caminar conscientemente nos invita a:

  • Sentir nuestro cuerpo y nuestras sensaciones físicas.

  • Observar y disfrutar del entorno que nos rodea.

  • Practicar el arte de soltar y dejar ir, un proceso tan sencillo como profundo.


No es solo desplazamiento; es una técnica ancestral de meditación que fortalece la salud física, mental y espiritual. Desde el contacto con la naturaleza hasta la contemplación de una fachada urbana, pasando por el simple placer de escuchar nuestros pasos, caminar nos enseña a estar presentes y a valorar lo cotidiano.



Comienza a caminar la vida

Abrir la puerta cada mañana y dar el primer paso consciente es un acto de libertad y atención. Cada paso posterior depende de ti: tu ritmo, tu mirada y tu disposición para vivir con mayor presencia y plenitud.


Caminar la vida no es solo moverse; es aprender a estar, a sentir y a contemplar, redescubriendo la belleza que nos rodea, paso a paso.



Contemplar la vida al caminar suena y parece fácil, pero cuando caminamos estamos en cualquier lugar, menos en la presencia misma de nuestros pasos.
Caminar la vida: El arte de andar con conciencia

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