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Terapias combinadas para una Vida Plena
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Una invitación desde la psicoterapia a mirar la inseguridad relacional sin juicio, distinguiendo entre nuestra historia emocional y lo que sucede en el presente.


Hay momentos en una relación de pareja en los que esperar puede hacerse especialmente difícil. Esperar una respuesta, una llamada, una señal que confirme que la otra persona sigue ahí, que el vínculo está bien, que seguimos siendo importantes.


A veces aparece la necesidad de preguntar, comprobar, acercarse o buscar una explicación. Y cuanto más intentamos encontrar esa certeza, más parece escaparse.


Es fácil pensar: «Soy demasiado dependiente», «necesito demasiado», «tengo que aprender a soltar». También podemos encontrarnos con etiquetas como «apego ansioso», que pueden ayudar a poner palabras a una experiencia, pero que no tienen por qué convertirse en una definición de quiénes somos.


Quizá podamos acercarnos a lo que sucede desde otro lugar.



¿Qué intenta decirme esta urgencia?


Una necesidad intensa de contacto no aparece de la nada. Puede estar relacionada con nuestra historia, con nuestras maneras de amar y vincularnos, con experiencias anteriores de cercanía y distancia, con momentos en los que sentimos que el vínculo podía perderse.


Pero no todo lo que sentimos hoy pertenece al pasado.


Lo que ocurre sucede también en una relación concreta, con una persona concreta. Por eso puede ser interesante detenerse y escuchar:


¿Qué ocurre dentro de mí cuando la otra persona no responde como esperaba?


¿Qué imagino que significa su silencio?


¿Qué temo que pueda estar sucediendo?


¿Estoy intentando acercarme a esa persona o intentando calmar algo que se ha despertado en mí?


Estas preguntas no buscan encontrar rápidamente una explicación. Buscan abrir un espacio para poder mirar lo que nos pasa sin juzgarnos.



Entre lo que imagino y lo que está sucediendo


Cuando sentimos inseguridad, la incertidumbre puede activar anticipaciones, interpretaciones y fantasías. A veces confundimos lo que tememos con lo que realmente está ocurriendo.


Pero también puede suceder lo contrario: que exista una distancia real, una falta de reciprocidad o una dificultad para expresar lo que necesitamos.


Por eso, además de mirar hacia dentro, podemos preguntarnos:


¿Qué está ocurriendo realmente en esta relación?


¿Puedo expresar lo que necesito?


¿Hay espacio para mí y para lo que siento?


¿Cómo vivo habitualmente este vínculo?


No se trata de encontrar culpables ni de decidir inmediatamente si una relación es adecuada o no. Se trata de poder distinguir, poco a poco, entre aquello que tiene que ver con nuestra historia y aquello que está sucediendo en el presente.



Habitar la espera


Ante la urgencia, el impulso suele llevarnos rápidamente a hacer algo: escribir, preguntar, comprobar, interpretar. No se trata de prohibirnos hacerlo ni de convertir el autocontrol en una nueva exigencia.


Podemos intentar algo más sencillo: hacer un poco de espacio antes de reaccionar.


¿Qué estoy sintiendo ahora?


¿Qué necesito?


¿Qué deseo recibir de la otra persona?


¿Puedo reconocer mi necesidad sin avergonzarme de ella?


A veces, detrás de la urgencia aparecen emociones que no habíamos podido escuchar: miedo, tristeza, soledad, deseo, rabia o necesidad de reconocimiento.


Escuchar no significa tener que satisfacer inmediatamente aquello que sentimos. Significa empezar a conocerlo.


Persona sentada junto a una ventana, en actitud reflexiva, contemplando el exterior
Habitar la espera


Volver a tu propia vida


Una relación puede ocupar tanto espacio en nuestra atención que otras partes de nuestra vida quedan en segundo plano. Volver a ellas no tiene por qué ser una estrategia para «ser más independiente» o para conseguir que la otra persona nos eche de menos.


Puede ser simplemente recordar que la pareja forma parte de nuestro mundo, pero no tiene por qué convertirse en nuestro mundo entero. Hay otras personas, intereses, deseos, proyectos y espacios que también nos constituyen y dan sentido a nuestra vida.


¿Qué partes de mí aparecen cuando no estoy pendiente del vínculo?


¿Qué deseo recuperar?


¿Qué quiero que tenga un lugar en mi vida, independientemente de lo que haga la otra persona?


Quizá la cuestión no sea aprender a necesitar menos. Quizá podamos preguntarnos cómo queremos relacionarnos con aquello que necesitamos.


La urgencia afectiva puede convertirse así en una vía para conocernos mejor: escuchar nuestra historia, mirar nuestras relaciones y descubrir qué necesitamos para poder habitarlas sin perdernos de nosotros mismos.


Habitar la espera no significa dejar de sentir. Significa poder permanecer un poco más cerca de lo que sentimos antes de correr a resolverlo.


Si estas preguntas resuenan contigo y sientes que quieres profundizar en ellas, un proceso de psicoterapia puede ofrecer un espacio para explorar tu manera de relacionarte, comprender lo que se pone en juego en tus vínculos y abrir nuevas posibilidades de estar con los demás y contigo.

Nuestro cuerpo también habla y expresa, en un registro distinto al de la palabra, lo que somos. Cada gesto, postura y sensación física puede reflejar nuestro estado emocional y mental, a menudo de una forma que las palabras no alcanzan a expresar. Escuchar esta comunicación no verbal es también una manera de acercarnos a nuestra experiencia.


Incorporar el cuerpo en la terapia, y no atender únicamente a lo mental, permite comprender el malestar de una forma más global. Lo que sucede en el cuerpo influye en nuestros procesos psíquicos, y lo que vivimos emocionalmente también deja su huella en él.


El cuerpo nos singulariza, nos hace sentir y nos permite relacionarnos. Es un indicador privilegiado de nuestra salud y de nuestro estado de ánimo. Sin embargo, con frecuencia nos alejamos de él, lo escondemos o incluso lo rechazamos. Tomar conciencia de ese cuerpo del que a veces nos olvidamos nos permite volver a habitarlo y a reconocernos en él.

Cuando decimos que estamos bien, pero nuestro cuerpo duele o no se encuentra bien, ¿de quién estamos hablando? ¿Acaso no somos también ese cuerpo?

El cuerpo no es un simple contenedor de lo que somos, sino una parte inseparable de nuestra experiencia. Lo que sentimos, pensamos y vivimos se expresa también corporalmente. Esto no significa que todo dolor físico tenga un origen emocional, pero sí que nuestra manera de vivir las emociones, las tensiones y las preocupaciones tiene una dimensión corporal que no podemos ignorar.


El bienestar, por tanto, no puede entenderse al margen de la experiencia física. Cuando algo nos duele, el cuerpo reclama nuestra atención. Nos invita a detenernos y a preguntarnos qué está ocurriendo, no solo en él, sino también en nuestra manera de estar viviendo lo que nos sucede.


Solemos considerar normal la división entre nuestros procesos mentales y corporales, pero mente y cuerpo se influyen mutuamente de manera constante. Somos una unidad, aunque no siempre tengamos conciencia de ello. Una práctica corporal como la Leibterapia Personal facilita esa toma de conciencia y permite observar cómo nuestra experiencia se expresa a través de la corporalidad.


Las tensiones y las emociones encuentran también una forma de expresarse en el cuerpo. Este no es un receptáculo pasivo, sino una dimensión activa de nuestra experiencia. En él quedan inscritas muchas de nuestras vivencias, nuestros modos de relacionarnos y también las defensas que hemos ido construyendo a lo largo de la vida.


Las corazas que todas llevamos tuvieron, en algún momento, una función: protegernos. El problema aparece cuando esas defensas dejan de ser necesarias y terminan convirtiéndose en una forma rígida de relacionarnos con nosotras mismas y con las demás. Pueden ofrecernos seguridad, pero también alejarnos del contacto, de la vulnerabilidad y de la posibilidad de vivir de una manera más auténtica.


Tomar conciencia y aceptar el cuerpo es, en este sentido, reconocerlo como un aliado esencial. A través de la Leibterapia podemos aprender a soltar tensiones, a confiar y a permitirnos respirar de una manera más plena. El proceso implica identificar aquello que sostenemos en el cuerpo, comprender qué función ha tenido y, poco a poco, encontrar la posibilidad de aflojarlo.


Integrar la conciencia corporal nos permite establecer una relación más profunda y amable con nosotras mismas. No se trata de luchar contra el cuerpo ni de cambiarlo, sino de escucharlo y aprender a estar en él. Desde ahí podemos abrir un espacio para comprendernos mejor y para vivir con mayor libertad.



El cuerpo también habla
El cuerpo también habla


La infancia no se guarda en un álbum ni se archiva en un cajón del tiempo. Permanece.


A veces de forma discreta, casi imperceptible. Otras, haciéndose notar en aquello que nos cuesta entender de nosotras mismas: cómo amamos, qué esperamos, qué evitamos, de qué nos defendemos. No siempre sabemos de dónde viene lo que nos pasa, pero muchas veces tiene raíces tempranas.


Reconocer las huellas de la infancia no implica quedarse atrapada en el pasado. Más bien tiene que ver con empezar a escuchar algo que, de algún modo, sigue presente. Algo que insiste, aunque no siempre tenga palabras.


Creemos haber dejado atrás ciertas escenas. Sin embargo, cuando no han podido ser elaboradas, tienden a reaparecer.


No lo hacen como recuerdos nítidos, sino como sensaciones, reacciones o modos de estar en el mundo: inseguridad, angustia, dificultad en los vínculos, miedo a depender o a necesitar.


A veces se sienten como ecos. O como algo que se activa sin previo aviso. Y quizás ahí haya una invitación —no siempre fácil— a mirar la propia historia con un poco más de atención, y también con algo de compasión.


Ecos de la infancia en la adultez

En la consulta, con distintas historias, suele repetirse algo en común: aquello que no pudo ser elaborado en su momento encuentra otras formas de expresarse más adelante. A veces como síntoma. Otras como repetición. Otras como un malestar difícil de entender. O como una sensación difícil de nombrar.


Algunos ejemplos (con nombres ficticios, inspirados en la consulta):


  • Marta: De niña asumió un rol materno con sus hermanas. Aprendió a sostener, a anticiparse, a no fallar. Hoy le cuesta pedir ayuda. Algo en ella sigue funcionando bajo la idea de que debe poder con todo.

  • Marc: Creció sin apenas reconocimiento. Con el tiempo, esa falta se transformó en una exigencia interna constante. Nada parece suficiente, y el descanso se vuelve difícil.

  • María: Vivió entre silencios y secretos. Hoy le cuesta confiar y poner en palabras lo que siente. Como si decirlo implicara un riesgo.

  • Sara: Fue muy protegida, pero con poco espacio para explorar. Ahora, frente a lo nuevo, aparece la duda, la inseguridad, la sensación de no poder sola.

  • Carlos: En su entorno no había lugar para la expresión emocional. Aprendió a desconectarse. Hoy le cuesta implicarse en los vínculos y sostener la cercanía.

  • Mireia: Su espontaneidad fue ridiculizada. Con el tiempo, esa vivencia dejó una marca: el temor a exponerse, a ser juzgada, a no ser aceptada.


Cada historia tiene su singularidad, pero muchas veces hay algo que se repite: formas de estar que en su momento fueron necesarias, y que hoy, sin embargo, pueden generar malestar.


Ponerlas en palabras no las borra, pero puede empezar a abrir un margen de movimiento.


La infancia como escenario psíquico

Freud decía que el niño es «padre del adulto». Lo vivido en los primeros años no se guarda como una fotografía, sino como escenas cargadas de afecto: gestos, miradas, silencios, palabras no dichas. Un «sí puedes» posibilita sembrar confianza; un gesto de indiferencia repetido puede abrir vacíos que, años después, intentamos llenar con logros, relaciones o síntomas.


Estos ecos nos recuerdan que nuestra manera de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas tiene raíces profundas. Reconocerlos implica mirar la historia propia con atención, compasión y honestidad. Sólo así podemos liberar lo que nos limita y abrazar lo que nos nutre.


La posibilidad de transformar

Las huellas de la infancia son importantes, pero no son un destino cerrado.


Ser adulto implica, en parte, poder hacerse responsable de la propia historia. No para juzgarla, ni para explicarlo todo, sino para ir encontrando otras maneras de responder.


A veces no basta con comprender. Hay cosas que solo pueden elaborarse en relación con otro.


En un espacio terapéutico, por ejemplo, algunas de estas experiencias empiezan a encontrar sentido.


No se trata de borrar lo vivido. Sino de darle un lugar distinto.


Quizás la infancia no se vaya del todo. Pero algo en nosotras sí puede empezar a responder de otra manera.


Y en ese pequeño desplazamiento, a veces, se abre la posibilidad de una vida más propia.


Acompañar ese proceso, cuando se vuelve difícil hacerlo a solas, también forma parte del trabajo terapéutico.



Las huellas invisibles de la infancia
Las huellas invisibles de la infancia

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