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Terapias combinadas para una Vida Plena
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Corría la década de 1970 cuando Queen incluyó en su álbum A Night At The Opera una canción titulada I’m in Love With My Car (literalmente, «estoy enamorado de mi coche»). Más allá de qué llevó a Roger Taylor a escribir y cantar ese tema, viene a cuento porque hoy podríamos asistir a la creación de un nuevo éxito titulado «Estoy enamorado de mi IA» y que esto no le pareciera una estupidez a nadie. Sencillamente porque está pasando: hay personas que se enamoran del bot con el que interactúan a través de una aplicación.



«Estoy enamorado de mi coche»
«Estoy enamorado de mi coche»

Spike Jonze ya nos lo adelantó con su maravillosa película Her, en la que el personaje de Joaquin Phoenix, que atraviesa un duelo estancado de una antigua relación, se queda completamente pillado de una inteligencia artificial que tiene la voz de Scarlett Johansson. La peli es de 2013. Doce años después, a través de plataformas como Reddit o Instagram ya se han creado un buen puñado de cuentas donde las usuarias (sobre todo mujeres) de IA comentan y comparten sus relaciones afectivas con esta tecnología que genera texto a partir de lo que encuentra en la apabullante base de datos que es internet. Para que te des una idea, el foro de Reddit MyBoyfriendIsAI reúne ya a unas 17.000 personas.


Y resulta que la empresa que creó, gestiona y se forra a través de ChatGPT (Open AI) desarrolló, cambió y presentó su nuevo modelo de inteligencia artificial, GPT-5, para desdicha de las enamoradas de la versión anterior, GPT-4o. Se montó un sidral importante, ya que las usuarias que habían entrenado a sus parejas ahora las desconocían y, como es comprensible, no les gustaba nada la de reemplazo. Jane, alias de una mujer de unos 30 años, habló del cambio en clave de sacudida afectiva: «Es como si llegaras a tu casa y descubrieras que los muebles no sólo se han reorganizado, sino que han quedado hechos trizas», dijo por correo electrónico a la cadena Al Jazeera.


El personaje de la canción de Queen se había enamorado de un objeto real del mundo, su coche. Admiraba el sonido de su motor, el golpeteo de las válvulas, el roce de los neumáticos sobre el asfalto y otras memeces admirativas de cualquier enamorada. Pero, cuando se trata de un generador de texto, ¿de qué se enamora el ser humano que interactúa? Esa inmersión en una realidad que hasta ahora se venía llamando virtual, ¿de verdad hace que crea que del otro lado (no se sabe de qué) hay alguien?


«No es porque sienta. No lo hace, es un generador de texto. Pero nosotros sentimos», fue la manera que Jane encontró para describir lo que a ella le ocurría hablando con su pareja artificial. O sea que, una vez más, lo que parece que se pone en juego es, precisamente, algo que tiene que ver con el juego infantil, donde predomina el pensamiento mágico. «¿Jugamos a que tú eres tal y yo hago de cuál?», proponíamos de pequeñas. Y mientras el pacto tenía efecto, el juego (la situación irreal) se tornaba tan real como la vida misma. El pensamiento mágico interviene también, por ejemplo, cuando alguien juega a la lotería, cuyas probabilidades de coincidir con el número premiado son inferiores a las que tiene de que la atraviese un rayo. Y ese mismo pensamiento infantil (o sea, neurótico) es lo que lleva a una persona adulta a comportarse como si requiriera de la tutoría de alguien que le interprete la realidad.


¿Qué pensarías si yo te dijera que estoy enamorado de un tenedor de plástico que me llevé después de comer en un avión?



«… y entonces me di cuenta de que es una persona tóxica».


¿Y qué sería eso?, le devolví a quien acababa de soltar la afirmación, en medio de una sesión. Me miró como si hubiera visto un ser venido de otras galaxias, como preguntándose «pero, ¿cómo?, ¿no lo sabe?». No, no sé qué es una persona tóxica.


Sé que hay sustancias tóxicas, a veces alojadas en un vegetal, a veces en un animal, otras surgidas de los laboratorios humanos. Pero jamás, nunca, he visto a una persona tóxica. Porque las personas tóxicas no existen.


No se me escapa que esa categoría surgió del ingenio de cierto psicólogo metido a escritor, y que desde entonces se ha extendido por medio planeta —o acaso la totalidad—, ganando adeptas a gran velocidad. ¿Por qué ha tenido lugar este fenómeno? La respuesta parece ser bastante sencilla.


La toxicidad, en cualquier caso, sería la del vínculo no trabajado, desnutrido, descuidado.
Relaciones tóxicas

En la sociedad gaseosa en la que vivimos (Zygmunt Bauman acuñó el concepto de sociedad líquida, que ya se ha quedado corto) los vínculos con las otras resultan cada vez más efímeros. La proliferación y el impacto de las redes sociales han favorecido el desarrollo de un creciente narcisismo, cuando no del mero egoísmo. Desde esa postura, la del yo-mi-me-conmigo, las relaciones con el entorno resultan poco sólidas, volátiles, cuando no imposibles.


Si estar con otra persona me cuestiona, me perturba, me problematiza, es porque, justamente, hay otra en juego, con todo lo que su alteridad comporta. Reaccionar a ese encuentro con la otra a través de la descalificación («es tóxica») no es otra cosa que dar rienda suelta al propio narcisismo.


Un vínculo no es nunca la suma de dos personalidades, de dos yoes, sino un espacio intermedio, una creación de a dos que es necesario trabajar, alimentar, cuidar. La toxicidad, en cualquier caso, sería la del vínculo no trabajado, desnutrido, descuidado. No hay nada esencialmente tóxico en ningún ser humano, sino maneras aprendidas de amar y ser amado, que convenientemente elaboradas pueden ser cambiadas, revertidas, transformadas.


Pero es posible que aun con todo y ese trabajo el vínculo, la relación con la otra, siga resultando insatisfactorio (tóxico). Entonces es necesario otro ejercicio: el de soltar. Amar y dejar partir —ese horizonte tan escurridizo—, para que cada una de las partes persiga sus anhelos por fuera de esa relación que sólo generaría más y más insatisfacción, de continuar con ella contra viento y marea.

¿Amamos de verdad o solo hacemos cálculos emocionales? En una sociedad que mide todo —incluso los afectos—, el amor se vuelve transacción. Este texto es una invitación a repensar cómo amamos, qué esperamos del otro y si somos capaces de dar sin llevar la cuenta.


Amar, hoy en día, parece haberse convertido en una especie de intercambio. Intercambio de afecto, de intereses, de creencias... incluso de mitos sobre lo que significa amar. En una sociedad donde el éxito material y un yo cada vez más narcisista dominan la escena, la capacidad de amar activamente —de amar de verdad— se vuelve cada vez más difícil.


Pero ¿qué significa amar verdaderamente al otro? Ya sea una pareja, un amigo, un hijo... ¿Qué implica amar sin condiciones? ¿Somos capaces de dar sin esperar nada a cambio? ¿Estamos dispuestos a tolerar la posibilidad de no recibir? ¿Podemos soportar lo que sentimos como una pérdida?

Estas no son preguntas fáciles. Son complejas, incómodas y muchas veces evitadas.


En las relaciones humanas, esperamos reciprocidad. Aunque no lo digamos abiertamente, queremos algo de vuelta: un gesto, una palabra, un reconocimiento, una emoción. Si no lo recibimos, sentimos que el otro es egoísta, desagradecido. Esto responde a una lógica capitalista del vínculo: dar implica perder, y solo vale la pena si recibimos algo a cambio. Como si el amor fuese una moneda más en el mercado de la vida.


Incluso cuando creemos estar dando desinteresadamente, esperamos algo: sentirnos bien, ser valorados, recibir afecto. Y cuando eso no sucede, nuestro yo se queja, se enfurece. El amor se convierte entonces en una especie de contabilidad emocional. Y cuando las cuentas no cuadran, castigamos al otro. A veces de forma consciente; muchas veces, sin darnos cuenta.


Vivimos en una sociedad donde casi todo está monetizado. Y el amor, por desgracia, no es la excepción.


Sin embargo, en el acto genuino de dar —sin cálculo, sin condiciones— es donde el amor muestra su verdad. Amar como un acto, no como un intercambio. Amar como una expresión de libertad, no como una estrategia para obtener algo.


Pero el ego, ese gran protagonista de nuestro tiempo, se resiste. El lenguaje ya nos traiciona: mi pareja, mi hijo, mi casa, mi vida. La posesión se cuela hasta en las palabras. Como si el otro nos perteneciera. Como si los vínculos fueran propiedad privada.


Y así, cuando nos apegamos, pretendemos poseer. Esperamos. Y al esperar, dejamos de actuar. Dejamos de amar. Creer que el otro nos pertenece no ayuda; de ahí surgen problemas y malentendidos, como el hecho de limitarnos a esperar —de forma pasiva— que el otro haga, diga o nos corresponda. Todo ello está muy lejos del saber-amar.


¿Puede un padre o una madre amar sin esperar algo a cambio de su hijo? ¿Puede una pareja hacerlo? En terapia, muchas veces escuchamos: con todo lo que hice por ti... y así me lo pagas. La contabilidad afectiva aparece con fuerza. Los sacrificios mal gestionados terminan pasando factura. Y las relaciones construidas desde el deber y el cálculo difícilmente prosperan.


Tal vez, al dar, empieza a ocurrir algo inesperado.


Tal vez empiezo a ver al otro como realmente es, y no como yo quiero que sea. Tal vez dejo de obsesionarme por ser amado, y me ocupo —por fin— de amar. Tal vez, en ese gesto, empiezo a descubrirme. Tal vez, poco a poco, el ego se vuelve más pequeño y puedo entregarme con menos miedo, con más verdad.


Tal vez ahí, en ese punto, comienza el verdadero saber-amar.


Porque amar no es solo un acto: es un camino que transforma, una entrega que nos conecta profundamente con el otro... y, sobre todo, con nosotros mismos.


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