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  • Eva Rodríguez Renom

El viejo maestro pidió a su joven discípulo, que estaba muy triste, que se llenase la mano de sal, colocase la sal en un vaso de agua y bebiese.


– ¿Cómo sabe? – le preguntó el maestro.


– Fuerte y desagradable – respondió el joven aprendiz.


El maestro sonrió y le pidió que se llenase la mano de sal nuevamente. Después, lo condujo silenciosamente hasta un lindo lago, donde pidió al joven que derramase la sal.


El viejo Sabio le ordenó entonces:


– Bebe un poco de esta agua.


Mientras el agua se escurría por la barbilla del joven, el maestro le preguntó:

– ¿Cómo sabe?


– Agradable – contestó el joven.


– ¿Sientes el sabor a sal? – le preguntó el maestro.


– No – le respondió el joven.


El maestro y el discípulo se sentaron y contemplaron el bonito paisaje.


Después de algunos minutos, el Sabio le dijo al joven:


– El dolor existe. Pero el dolor depende de donde lo colocamos.


Cuando sientas dolor en tu alma, debes aumentar el sentido de todo lo que está a tu alrededor.


Tenemos que dejar de ser del tamaño de un vaso y convertirnos en un lago grande, amplio y sereno.




  • Eva Rodríguez Renom

- Perdón, no quería hacerte daño.


- No me sirve.


- Eso se llamar rencor.


- Mira: tira ese plato al suelo. Recoge los trozos. Pégalos. ¿Está igual que antes de que lo rompieras?


- No.


- Pues eso.


Ejemplo de algunas relaciones humanas (demostración práctica).




  • Eva Rodríguez Renom

«Sin comunicación no puede haber una verdadera comprensión. Pero asegúrate ante todo de poder comunicarte contigo mismo, ya que si no eres capaz de hacerlo. ¿Cómo esperas comunicarte con otra persona? Con el amor ocurre lo mismo. Si no te amas a ti mismo, no podrás amar a otra persona. Si no puedes aceptarte ni tratarte con afecto, tampoco podrás hacerla con otro.


Cuando nos enojamos, sufrimos. Si realmente entiendes esto, entenderás también que cuando la otra persona está enojada, significa que está sufriendo. Cuando alguien te insulta o se conduce de manera violenta contigo, has de ser lo bastante inteligente para ver que esa persona está sufriendo por culpa de su propia violencia e ira. Pero tendemos a olvidarlo, creemos que somos los únicos que sufrimos y que el otro es nuestro opresor, lo cual basta para aumentar la ira que sentimos y reforzar el deseo de castigarle.


Queremos castigarle porque sufrimos. Y entonces hay ira y violencia en nosotros, igual que las hay en la otra persona. Pero cuando veamos que el sufrimiento y la ira que experimentamos no son distintos del sufrimiento y la ira que el otro experimenta, nos comportaremos con más compasión.


Entender a la otra persona es entenderte a ti mismo, y entenderte a ti mismo es entender a la otra persona. Todo debe empezar en ti.


Para entendernos hemos de aprender a practicar el camino de la no-dualidad. No hemos de luchar contra la ira, porque la ira es una parte de nosotros mismos.


La ira tiene una naturaleza orgánica, al igual que el amor. Hemos de cuidar de la ira. Por tanto, no desprecies la ira que sientes, no la combatas ni la reprimas. Aprende el tierno método de ocuparte de ella y de transformarla en la energía de la comprensión y la compasión».


La ira. El dominio del fuego interior, Thich Nhat Hanh