top of page
Terapias combinadas para una Vida Plena
Buscar

«Ningún poder de la tierra podrá arrancarte lo que has vivido. Lo que hemos sentido, sufrido o amado, permanece en nosotros. Haber sido es también una forma de ser, y quizá la más segura». Viktor E. Frankl


Persona caminando por campo de arroz al amanecer
Lo vivido permanece

Hay momentos en los que la vida parece perder su sentido. Algo se rompe, algo termina o simplemente deja de responder aquello que hasta entonces nos sostenía. Entonces aparecen las preguntas: ¿para qué?, ¿por qué seguir?, ¿qué hacer con aquello que duele?


No siempre encontramos una respuesta inmediata. Y quizá no se trate de encontrarla.


La experiencia humana no transcurre en línea recta. Está hecha de pérdidas, encuentros, deseos, renuncias, duelos y también de aquello que nunca llegó a suceder. Lo vivido no desaparece cuando termina. Permanece de otra manera: en la memoria, en el cuerpo, en los vínculos y en la forma en que miramos el mundo.


A menudo buscamos sentido en los grandes acontecimientos, como si la vida tuviera que revelarse de manera extraordinaria. Sin embargo, muchas veces el sentido aparece de forma más discreta: en una conversación, en una ausencia, en una pregunta que insiste o en los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana. Un amanecer contemplado sin prisa, una mirada que nos conmueve, una palabra que llega en el momento oportuno, un gesto de cuidado o un silencio compartido pueden adquirir un valor singular. Lo esencial no siempre irrumpe de forma espectacular; a veces se presenta en aquello que apenas advertimos y que, sin embargo, deja una huella.


El sufrimiento también interroga. No siempre puede evitarse ni comprenderse de inmediato. Hay dolores que exigen tiempo y otros que sólo pueden ser pensados cuando encuentran un lugar donde ser dichos.


Viktor Frankl conoció de cerca la experiencia del límite. Superviviente de los campos de concentración nazis, escribió que incluso en las circunstancias más extremas el ser humano conserva la posibilidad de otorgar un sentido a su existencia. No como una respuesta universal, sino como una tarea singular.


Quizá el sentido no sea algo que se descubre de una vez para siempre. Tal vez se construya lentamente, a través de aquello que vivimos, de lo que perdemos, de lo que deseamos y de las preguntas que seguimos haciéndonos.


Porque lo vivido no desaparece.


Y aquello que ha dejado una huella en nosotros continúa hablando, incluso cuando todavía no sabemos escucharlo.

La pareja se ha convertido ya en una institución, como también pueden serlo el matrimonio o la familia. Se trata de construcciones culturales solidificadas a lo largo de milenios, por lo que ya casi nadie las critica o cuestiona. Aunque resulte muy necesario hacerlo.


Lo más normal, cuando entras en una reunión social con una persona acompañante a la que los otros no conocen, es que se pregunten o directamente te pregunten: «¿Sois amigos o pareja?». La pregunta misma lleva implícita la ideología que la sustenta: si te acompaña alguien, esa compañía sólo puede tener dos coloraciones: la de la amistad o la del amor de pareja. No hay una tercera, hasta que medie una aclaración.


Una pareja yace abrazada sobre la cama.
¿Por qué no encuentro pareja?

Así las cosas, estar en pareja ha pasado de ser una posibilidad a convertirse en una obligación. Hasta el punto de que muchas personas que no están en pareja, cuando se refieren a su situación, dicen estar solas. Es decir, que si no tengo una pareja estoy abocada a la soledad, como si los otros vínculos sociales resultaran insuficientes, superfluos, de inferior categoría, comparados con el estar en pareja. La pregunta se abre paso cada vez con más frecuencia en la consulta: ¿por qué no encuentro pareja?


Y una pareja, cómo no, es algo que se encuentra, según la creencia de la mayoría. Como quien va caminando y de repente se encuentra algún objeto, inopinadamente. Luego, si la pareja es algo que debo encontrar, sólo podré hacerlo si tengo suerte. La pareja, así, deviene un producto del azar.


Encontrar pareja, sin embargo, es apenas una opción, y nunca fruto de la buena fortuna (viendo y escuchando lo que nos cuentan las personas que nos consultan, más bien parece el resultado de la mala suerte…). Estar con alguien en una relación amorosa, afectiva y sexual es un trabajo, en el sentido de que un vínculo de pareja es algo en construcción. ¿Y hasta cuándo hay que construir? Siempre, diariamente, en lo cotidiano y en lo extraordinario también.


Construir un espacio entre una y otra parte de las dos que forman la pareja. Ese terreno intermediario debe ser el lugar donde se procesan los asuntos de la pareja, un espacio abierto y seguro para poder comunicarnos con sinceridad, para poder expresar los afectos, los desajustes, las alegrías, las penas, los miedos, los anhelos, donde extender las líneas maestras de la pareja como proyecto común entre las dos partes que conforman el todo.


¿Por qué no encuentras pareja? Porque las parejas no se encuentran, sino que se construyen. Y, para empezar a trabajar en esa construcción, los dos yoes deben quedar cada vez más a un costado.

Vivimos en una sociedad marcada por el exceso, la sobreestimulación y el consumo constante. Este entorno genera reacciones intensas que, en muchos casos, se asemejan a los efectos de ciertas drogas. Bajo este bombardeo permanente crece el individualismo, se debilitan los vínculos y se amplía el vacío emocional, creando un terreno fértil para conductas compulsivas.


Sin embargo, la adicción no depende únicamente de una sustancia o de una conducta concreta. No es el alcohol, el juego, el móvil o el ejercicio en sí lo que convierte a alguien en adicto. El riesgo aparece cuando aquello que utilizamos se transforma en anestesia: una forma de no sentir, de evitar lo que duele, de escapar de preocupaciones, miedos o carencias internas. En ese punto, la conducta deja de ser una elección y empieza a funcionar como una necesidad.


Las adicciones pueden adoptar muchas formas. Algunas implican sustancias como el alcohol, la nicotina o determinadas drogas; otras se relacionan con medicamentos; y otras se expresan en conductas aparentemente normalizadas, como el juego, las compras, el uso compulsivo del móvil, el sexo o incluso el ejercicio físico. Aunque cada una tiene particularidades, todas comparten un núcleo común: la compulsión y la dependencia como respuesta a un malestar interno.


Cada persona es única y no existe un perfil único de personalidad adictiva. Aun así, ciertos rasgos y experiencias pueden aumentar la vulnerabilidad: la impulsividad, la baja autoestima, la dificultad para tolerar la frustración, la ausencia de límites claros en la infancia, experiencias traumáticas o la falta de figuras emocionales seguras. Estas características no determinan el destino de nadie, pero pueden interactuar entre sí y favorecer formas de relación más compulsivas con el placer, el alivio o la evasión.


En el fondo, la vulnerabilidad no está en la sustancia ni en la conducta, sino en el dolor que intenta silenciarse. Muchas veces, la persona que desarrolla una adicción no busca destruirse, sino sobrevivir. Busca sentirse aceptada, segura, amada o valiosa. Cuando el sistema de creencias internas está marcado por pensamientos como «no soy suficiente», la huida se convierte en una estrategia de protección.


La personalidad adictiva no surge en el vacío. Está profundamente influida por la historia personal, el entorno familiar y la cultura en la que vivimos. Cuando el valor social se mide por la imagen y la productividad más que por la autenticidad, quienes sienten que no encajan pueden experimentar una sensación constante de insuficiencia. Si además en la infancia no hubo espacio para aprender a reconocer y regular las emociones, escapar de lo que duele puede parecer la única salida posible.


Pero los sentimientos no desaparecen por ignorarlos. Permanecen activos, aunque sea desde lo inconsciente, y buscan vías de expresión. Salir de la dinámica adictiva implica un proceso de aprendizaje emocional: descubrir que existen alternativas entre reprimir lo que sentimos o actuar impulsivamente. Implica tolerar la incomodidad, aceptar la vulnerabilidad y sostener el dolor sin recurrir a anestesias inmediatas.


En lugar de llenar vacíos con exceso, podemos comenzar a establecer límites más saludables, suavizar la autocrítica y buscar un propósito que no dependa exclusivamente del rendimiento o la aprobación externa. No es un proceso rápido ni sencillo, pero sí posible.


Tal vez, más que preguntarnos si existen personas con mayor tendencia a las adicciones, convendría preguntarnos de qué intentamos escapar cuando necesitamos anestesiarnos, qué vacíos tratamos de llenar y qué lugar ocupan nuestras emociones en la vida cotidiana. Quizá la cuestión no sea solo individual, sino también colectiva: qué necesitamos como sociedad para pasar de una cultura del exceso a una cultura del cuidado.



¿Hay personas con más tendencia a las adicciones?
¿Hay personas con más tendencia a las adicciones?


Suscríbete a nuestro blog

¡Gracias!

  • Youtube
  • Whatsapp
  • Icono negro LinkedIn
  • Instagram

             Psicoterapeutas | Psicoanalistas | Terapeutas integrales

  Psicóloga en Barcelona 

© 2026  Vida Plena |

bottom of page