• Eva Rodríguez Renom

Caminar la vida

«En el mundo de los caminos la belleza es ininterrumpida y constantemente cambiante; y a cada paso nos dice: ¡detente!», Milan Kundera


Cada vez más personas caminan con prisas, perdidas, ansiosas, con excesivos problemas que ellas mismas se procuran, con un andar que denota abandono y que apunta a una desconexión en exceso con ellas mismas y con el entorno que les rodea. Los valores de nuestra cultura propician esta desconexión y empujan a dejar de observar y apreciar lo que de sutil se ofrece a nuestro alcance.



Contemplar la vida al caminar suena y parece fácil, pero cuando caminamos estamos en cualquier lugar, menos en la presencia misma de nuestros pasos. Además, en el andar hay muchas veces la necesidad de la búsqueda de un objetivo, que nos aleja, sin duda, a mantener la calma.


Y aunque en cada uno de nosotros existe una actitud y un gesto original en ese andar natural, la forma de vida actual ahoga esta cualidad. Cada vez más, observamos personas con andares defectuosos, crispadas, poco centradas, torcidas, inseguras, preocupadas por su imagen, sumergidas en un cavilar improductivo, atrapadas por el móvil, que obstaculizan la manifestación del saber-hacer y dificultan, por ende, la simplicidad de un andar contemplativo.


¿Hacia dónde vamos con tanta prisa? ¿Somos capaces de permanecer en silencio mientras contemplamos nuestro alrededor? ¿Nuestro caminar ha de ser siempre un medio para conseguir un fin? ¿Estamos dispuestos a querer lograr un estado más consciente, sano y productivo y, sobre todo, más responsable?

Hoy en día, aun en medio de las prisas, de la inmediatez, de la incertidumbre, del malestar cada vez más agudizado, como también del ruido que parecen ensordecer el oído interior, es posible darse el cometido de acceder a un ser más auténtico, permitiendo reinterpretar la existencia más allá de las vicisitudes de la vida personal. La dicotomía que se nos presenta está repleta de contradicciones y tensiones: o escapamos corriendo, ahogando nuestra voz interior, sin cambiar nada, o iniciamos con perseverancia un camino de renovación.


El simple acto de caminar consciente supone presencia, ligereza, apertura, firmeza, conexión con el momento presente. Una actitud que nos permite estar atentos, tanto de las sensaciones físicas, como de nuestro entorno y conlleva, además, un empezar a dejar ir, que es sin duda una tarea titánica.


Caminar es nuestro medio de desplazamiento ancestral y una técnica de meditación que potencia la salud física, mental y espiritual. El contacto tan anhelado con la naturaleza, el caminar en silencio, advertir lo hermosa que es una determinada fachada en la ciudad, aprender a escuchar nuestros pasos, contemplar los colores del cielo... empiezan, sin más fin, por el simple placer de caminar.


Abrir la puerta cada mañana y salir a caminar la vida es el primer paso. Los siguientes pasos los decides tú.